Un maestro zen recorría pueblos y caminos recogiendo dinero para construir un templo. Iba de puerta en puerta, saludaba a la gente con una reverencia y aceptaba cualquier ayuda: una moneda, un puñado de arroz o una madera vieja. Sus discípulos observaban que el maestro no solo visitaba comerciantes o personas ricas. El maestro se detenía también ante los mendigos sentados en los puentes y en los márgenes de los caminos.
Un día, un discípulo no pudo contenerse:
—Maestro, ¿por qué pedís limosna a personas que no tienen nada? ¿No somos nosotros quiénes deberíamos ayudarles?
El maestro pide limosna al mendigo
El maestro no respondió inmediatamente. Se acercó a un viejo mendigo que tenía delante de sí unas pocas monedas.
El maestro hizo una reverencia y dijo:
—Estamos construyendo un templo para que todos los seres puedan despertar. ¿Querrías participar?
El mendigo tomó una pequeña moneda y la dejó en el cuenco del maestro. Los discípulos se sintieron todavía más incómodos.
Cuando se alejaron, uno de ellos dijo:
—Esa moneda no sirve para nada.
El maestro se detuvo y respondió:
—Para vosotros es una moneda pequeña. Para él es una gran ofrenda.
Después añadió:
—Si un rico hace un donativo con una parte muy pequeña de todo lo que tiene, y este mendigo ha dado una pequeña moneda que es casi todo lo que posee, ¿cuál creéis que es la ofrenda más valiosa para construir un templo zen?
Los discípulos guardaron silencio.
Hay muchas historias en el Zen que nos recuerdan que, cuando damos desinteresadamente, la cantidad no es importante. Es mucho más importante el espíritu con el que damos, el esfuerzo y la pequeña renuncia que significa para nosotros el gesto de dar. Todo ello forma parte de la práctica en el proceso de detener la inercia del ego.
El espíritu de Taisen Deshimaru
Cuando Taisen Deshimaru fundó el Templo de La Gendronnière, algunos discípulos dudaban. El lugar era enorme, viejo y costoso de mantener. Algunos preguntaban:
—¿Cómo pagaremos todo esto?
Deshimaru respondía:
—Si hacéis zazen, todo aparecerá.
Durante los primeros años, muchos dormían en tiendas de campaña, caravanas o habitaciones frías y medio destruidas. Los practicantes cocinaban, construían paredes, reparaban tejados y cortaban leña después del zazen.
Deshimaru insistía en que el templo zen debía ser construido por la propia sangha y no por empresas externas.
Confiar el trabajo al voluntario inexperto
Muchos de los primeros discípulos de Deshimaru eran artistas, estudiantes, músicos o hippies parisinos que nunca habían utilizado herramientas. Pero Deshimaru les hacía construir igualmente.
Y cuando alguien decía:
—No sé hacerlo.
Deshimaru respondía:
—Hazlo.
Esta era una parte esencial del samu: aprender directamente con el cuerpo. El maestro enseñaba cómo dar golpes de martillo del mismo modo que enseñaba la postura de zazen. Entre la construcción del templo y la práctica de zazen no había ninguna separación.
Sin embargo, para que nadie se confundiera, Deshimaru añadía:
—El verdadero templo es vuestro cuerpo y vuestra mente. Pero necesitamos un lugar donde practicar juntos el Zen.
Construir un templo zen con las propias manos
Confiar el trabajo a un voluntario inexperto es, en cierto modo, similar a pedir limosna a un mendigo. Dar lo que no tenemos, hacer lo que no sabemos, compartir con quien no conocemos. La vía del Zen no consiste en dar lo que nos sobra ni en hacer solamente aquello en lo que somos expertos.
Ahora, en el Temple Zen de la Gran Via, estamos renovando la cocina. Alguien podría decir:
—Montar los muebles de cocina es muy difícil, ¿por qué no encargarlo a profesionales expertos? ¿Y si lo hacemos mal?
Pero en el Zen lo más importante no es el resultado material de la acción, sino la manera en qué hacemos las cosas, el espíritu con qué las hacemos. Actuar sin intención de obtener reconocimiento ni elogios por nuestras acciones.
Si hay trabajos que no sabemos hacer, es una oportunidad para despertar la mente de principiante. Si nos equivocamos y lo hacemos mal, podemos volver a intentarlo: es una lección de humildad. Si creemos que no tenemos tiempo porque tenemos otros compromisos, es una ocasión para preguntarnos a qué estamos dedicando nuestro tiempo y si estamos satisfechos con lo que estamos haciendo.
Muchas veces actuamos por inercia, condicionados por el entorno social, sin estar realmente satisfechos de lo que hacemos con nuestra vida.
El maestro y el mendigo son uno
Esta transformación de nuestra vida, abandonar las viejas inercias y despertar a una mente libre de esos condicionamientos, es a veces muy compleja y necesita su tiempo.
Sin embargo, pronto os daréis cuenta de que la experiencia de construir un templo con la Sangha será uno de los momentos más inolvidables de la práctica del Zen. Las cosas que suceden, las situaciones que aparecen, son las que marcarán nuestra vía como practicantes del Zen.
Nansen



